Estado de la Situación

Bolivia frente al espejo de la evaluación PISA

Por razones políticas, por su costo y por una concepción propia de la educación, Bolivia decidió mantenerse al margen de una de las principales evaluaciones internacionales sobre los aprendizajes de los jóvenes. Pero mientras el país evitaba compararse con el mundo, los resultados de PISA mostraban que incluso los sistemas educativos más desarrollados estaban perdiendo capacidades. La pregunta ahora es otra: ¿cuál es el verdadero costo de no ser evaluado?

Nelson Martinez Espinoza17 de septiembre de 2026
8 min de lectura
Compartir:
Bolivia frente al espejo de la evaluación PISA

La educación boliviana tiene un problema que va más allá de los salarios docentes, de la infraestructura escolar o de los contenidos curriculares: Bolivia carece de una medición que permita saber cómo sus adolescentes enfrentan problemas de lectura, matemática y ciencias en comparación con jóvenes de otros países.

PISA —el Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes de la OCDE— evalúa a jóvenes de alrededor de 15 años y busca medir no solamente cuánto recuerdan de lo aprendido, sino qué pueden hacer con ese conocimiento frente a problemas de la vida real. Sus tres áreas centrales son lectura, matemática y ciencias.

Bolivia nunca participó en las pruebas PISA.

Una decisión política antes que técnica

Durante el gobierno de Evo Morales, el Ministerio de Educación manifestó reservas frente a las evaluaciones internacionales estandarizadas y defendió una concepción propia de evaluación vinculada al Sistema Educativo Plurinacional.

La posición fue ratificada durante el gobierno de Luis Arce. En mayo de 2022, el entonces ministro de Educación, Édgar Pary Chambi, respondió públicamente a la posibilidad de que Bolivia ingresara a PISA, señalando que el país tenía su propio Sistema Educativo Plurinacional, establecido por la Ley 070. La autoridad sostuvo que Bolivia era un Estado soberano y que no correspondía incorporarse al programa.

Es decir, la explicación oficial fue fundamentalmente política y conceptual.

Pero existe otra dimensión que merece ser discutida: el costo.

¿Cuánto cuesta entrar a PISA?

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), encargada a nivel internacional de la realización del Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA), establece que para participar en la edición de 2029 el costo para un país como Bolivia es de 234.000 euros, pagaderos en tres cuotas de 78.000 euros.

Adicionalmente, el país debe invertir unos 350.000 euros para que el proceso nacional cumpla con los estándares de la prueba. Esto incluye organización, muestreo, aplicación, personal, infraestructura tecnológica, procesamiento y otras tareas técnicas. En total, se requiere una inversión aproximada de 584.000 euros.

Como se puede advertir, participar implica una inversión pública importante, especialmente si se considera que el magisterio boliviano reclama cada año al Gobierno mejores salarios, más ítems, infraestructura, mejores condiciones de trabajo y un mayor presupuesto educativo.

Frente a esas demandas, gastar varios millones de bolivianos en una evaluación internacional puede ser políticamente difícil de justificar.

Pero existe una pregunta incómoda:

¿Es un gasto o es una inversión para saber si el dinero que se destina a la educación está produciendo aprendizajes?

Desde un punto de vista estrictamente financiero, una evaluación internacional no construye escuelas ni aumenta salarios. Tampoco compra libros. Pero puede proporcionar algo que el dinero, por sí solo, no produce: información comparable sobre lo que realmente están aprendiendo los estudiantes.

El argumento del ranking

Una de las principales críticas de los gobiernos anteriores a PISA ha sido la utilización de sus resultados para establecer rankings internacionales.

Es una crítica legítima, pero incompleta.

PISA no se limita a ordenar países. La OCDE genera bases de datos que permiten estudiar las diferencias entre estudiantes y escuelas, así como las condiciones socioeconómicas, el género, los hábitos de aprendizaje y otros factores. Los resultados pueden utilizarse para identificar problemas y analizar políticas educativas.

De hecho, Brasil, que participa en PISA desde 2000, sostiene que la comparación internacional permite a sus responsables educativos aprender de las políticas y prácticas de otros países.

La cuestión, entonces, no es necesariamente aceptar o rechazar el ranking.

La cuestión es aceptar o rechazar el espejo.

Y el espejo tampoco es perfecto

Los resultados de PISA 2022 deberían servir también para cuestionar la idea de que las pruebas internacionales simplemente separan a los países «buenos» de los «malos».

La propia OCDE encontró una caída internacional extraordinaria.

Entre 2018 y 2022, el promedio de los países de la OCDE cayó casi 15 puntos en matemática y 10 puntos en lectura. La caída en matemática fue de una magnitud nunca registrada anteriormente por PISA.

La pandemia tuvo un efecto importante, pero no explica todo.

La OCDE advierte que la trayectoria descendente en lectura y ciencias ya había comenzado antes de la COVID-19 y que existen razones estructurales detrás del deterioro.

Esto cambia la lectura política de PISA.

No solamente están mal los países pobres. También están retrocediendo sistemas educativos de países ricos.

América Latina: bajos resultados, pero no una historia uniforme

En América Latina, el panorama es particularmente preocupante, aunque sería incorrecto afirmar que todos los países latinoamericanos empeoraron de la misma manera.

En PISA 2022, los países latinoamericanos quedaron muy por debajo del promedio de la OCDE en matemática, lectura y ciencias.

Brasil, por ejemplo, obtuvo resultados inferiores al promedio de la OCDE en las tres áreas y mantuvo resultados relativamente estables respecto de 2018.

Chile también se mantuvo aproximadamente en los niveles de 2018 en las tres áreas, aunque la OCDE señala que sus resultados de matemática de 2022 estaban por debajo de los de 2015 y entre los más bajos de su trayectoria en PISA.

Perú presenta un caso particularmente interesante.

En 2022 obtuvo:

  • 391 puntos en matemática
  • 408 puntos en lectura
  • 408 puntos en ciencias

Su desempeño en matemática cayó respecto de 2018, pero los resultados en lectura y ciencias aumentaron. Y, mirando una década completa, Perú es uno de los países que más mejoró su desempeño promedio en las tres áreas desde 2012.

Por eso, hablar simplemente de un «decrecimiento latinoamericano» sería una simplificación.

La realidad es más compleja: América Latina mantiene bajos niveles de aprendizaje en términos internacionales, mientras algunos países han conseguido avances y otros han sufrido estancamientos o retrocesos.

El problema más profundo: millones de jóvenes no alcanzan el nivel básico

La importancia de PISA no está solamente en saber quién ocupa el puesto 30 o el 50.

Está en saber cuántos jóvenes alcanzan las competencias mínimas para desenvolverse en una sociedad compleja.

PISA 2022 mostró que apenas una minoría de países consiguió que una proporción importante de sus estudiantes llegara a los niveles más altos de matemática. En cambio, una gran cantidad de estudiantes permanece por debajo del nivel considerado básico.

Eso significa que el problema educativo del siglo XXI no consiste únicamente en enseñar contenidos.

Consiste en conseguir que un adolescente pueda leer críticamente, interpretar una estadística, resolver un problema matemático, comprender una evidencia científica, detectar información falsa y tomar decisiones razonadas.

Bolivia eligió otro camino

Bolivia no está completamente fuera de las evaluaciones internacionales.

El país participó en el Laboratorio Latinoamericano de Evaluación de la Calidad de la Educación (LLECE) de la UNESCO y forma parte del ERCE, la evaluación regional que estudia los aprendizajes de estudiantes latinoamericanos. Bolivia se reincorporó al LLECE para el ERCE 2019 y también formó parte del ERCE 2025.

El ERCE tiene una ventaja: permite analizar la realidad educativa latinoamericana desde una perspectiva regional.

ERCE permite preguntarnos:

¿cómo están aprendiendo nuestros niños frente a otros niños de América Latina?

PISA permite preguntar:

¿cómo están preparados nuestros adolescentes para enfrentar problemas de la vida real frente a jóvenes de prácticamente todo el mundo?

Son instrumentos diferentes. No necesariamente deberían competir.

El costo de no saber

Aquí aparece el verdadero debate para Bolivia.

Los gobiernos anteriores argumentaron que no tiene sentido gastar cientos de miles de euros —más los costos nacionales— en una evaluación internacional mientras existen escuelas con necesidades urgentes, maestros que reclaman mejores salarios y comunidades que todavía demandan infraestructura educativa.

Es un argumento políticamente comprensible.

Pero también debemos formular otra pregunta:

¿Sabemos qué están aprendiendo realmente nuestros jóvenes?

Una mala política educativa también cuesta dinero.

Un adolescente que termina la secundaria sin comprender adecuadamente un texto, sin poder interpretar información matemática o sin aplicar conocimientos científicos tiene mayores dificultades para ingresar a la universidad, conseguir un empleo calificado, emprender o participar de manera informada en la sociedad.

Por eso, una evaluación puede ser cara.

Pero la ausencia de información también tiene un precio.

Tampoco sería sensato convertir PISA en una especie de examen definitivo de la educación boliviana o en el único camino para evaluar el estado de nuestra educación escolar.

Una cifra en un ranking no puede medir toda la riqueza de la educación.

No mide, por sí sola, la identidad cultural, la formación ética, la creatividad artística, la solidaridad, la convivencia comunitaria, el conocimiento de las culturas indígenas o la relación de los estudiantes con su territorio.

Una cosa es defender una educación propia y otra, muy distinta, negarse a saber cómo están aprendiendo los estudiantes.

El verdadero debate para Bolivia

La discusión ya no debería ser:

¿PISA sí o PISA no?

Debería ser:

¿Qué información necesita Bolivia para transformar su educación?

La respuesta exige probablemente algo más amplio que decidir si el país participa o no en una evaluación internacional. Bolivia necesita construir un sistema de evaluación capaz de reconocer las particularidades de su modelo educativo y, al mismo tiempo, producir información rigurosa, comparable y útil para conocer qué están aprendiendo sus estudiantes.

Porque el problema no es solamente saber qué lugar ocuparía Bolivia en una tabla internacional.

El problema es saber qué oportunidades de aprendizaje estamos ofreciendo a nuestros jóvenes y qué estamos haciendo con la información disponible para mejorarlas.

Al final, toda política educativa necesita una forma de mirarse a sí misma.

PISA no es el único espejo.

Pero la decisión más importante no es aparecer o no en el espejo.

Es tener el valor de mirar lo que refleja.

 

Autor

Nelson Martinez Espinoza

Equipo editorial y de investigación de Código Abierto Bolivia. Comprometidos con la verdad y la transparencia.