De los cultivos de coca a las economías criminales globales
CAPÍTULO III
Si México y Centroamérica representan el gran corredor del narcotráfico, la región andina constituye su punto de origen.
Desde las estribaciones amazónicas de Colombia hasta los valles tropicales de Bolivia, pasando por las zonas cocaleras del Perú y los puertos ecuatorianos sobre el Pacífico, se extiende el territorio donde comienza el recorrido de buena parte de la cocaína que abastece los mercados internacionales.
Sin embargo, reducir la región andina al cultivo de coca sería una simplificación.
En las últimas dos décadas el crimen organizado evolucionó mucho más allá del narcotráfico. Hoy administra minas ilegales de oro, controla rutas fluviales amazónicas, financia redes de trata de personas, comercia armas, explota madera, lava capitales mediante empresas aparentemente legales y participa activamente en esquemas de corrupción pública.
La cocaína continúa siendo el combustible financiero del sistema, pero ya no constituye su único motor.
Las organizaciones criminales aprendieron que la diversificación disminuye riesgos y multiplica ganancias. Cuando una actividad ilícita enfrenta mayores controles, otra ocupa inmediatamente su lugar.
Por esa razón, la región andina se transformó en el principal laboratorio del crimen organizado contemporáneo.
ColombiaDel cartel tradicional a la fragmentación criminal
Ningún país latinoamericano ha estudiado, combatido y sufrido tanto al narcotráfico como Colombia.
Durante los años ochenta y noventa, nombres como Medellín y Cali definieron la historia del crimen organizado mundial. La caída de aquellos grandes carteles fue presentada como una victoria histórica.
Sin embargo, la desaparición de esas estructuras no significó el fin del negocio.
El mercado simplemente cambió de forma.
Hoy el crimen organizado colombiano funciona mediante una constelación de organizaciones armadas que disputan laboratorios clandestinos, rutas fluviales y territorios fronterizos. Disidencias de antiguas guerrillas, grupos sucesores del paramilitarismo y organizaciones narcotraficantes operan en alianzas cambiantes, compartiendo infraestructura y mercados ilícitos.
La firma del Acuerdo de Paz de 2016 modificó profundamente el escenario político, pero dejó abiertos amplios espacios territoriales que rápidamente fueron ocupados por nuevas estructuras criminales interesadas en controlar economías ilegales.
En departamentos como Nariño, Putumayo, Cauca, Norte de Santander, Arauca y el Catatumbo convergen varios de los principales corredores del narcotráfico continental.
Allí no solamente se cultiva coca.
También se procesa cocaína, se controla minería ilegal, se cobra extorsión, se administra contrabando de combustibles y se establecen rutas hacia Ecuador, Venezuela, Brasil y Panamá.
En muchas de estas regiones la presencia del Estado continúa siendo limitada.
Quien ejerce la autoridad cotidiana suele ser la organización armada que controla el territorio.
La población convive con sistemas paralelos de justicia, impuestos ilegales, restricciones de movilidad y economías completamente dependientes de actividades ilícitas.
La violencia continúa siendo elevada, aunque ya no responde exclusivamente a disputas ideológicas.
El conflicto colombiano se transformó progresivamente en una competencia por el control de mercados criminales.
Ese cambio explica por qué numerosos analistas sostienen que Colombia dejó de enfrentar únicamente un conflicto armado interno para convertirse en el escenario donde confluyen algunas de las organizaciones criminales más sofisticadas del continente.
EcuadorEl país que descubrió demasiado tarde su importancia estratégica
Durante muchos años Ecuador aparecía como una excepción dentro del mapa regional.
No era un gran productor de coca.
Tampoco registraba niveles extraordinarios de violencia.
Su estabilidad institucional parecía suficiente para mantener al narcotráfico bajo control.
Esa percepción cambió abruptamente.
En menos de una década el país pasó de ser un corredor relativamente discreto a convertirse en uno de los principales centros logísticos para la exportación de cocaína hacia Europa.
La explicación es geográfica.
Ecuador comparte frontera con Colombia y Perú, los dos mayores productores mundiales de cocaína.
Al mismo tiempo dispone de puertos altamente competitivos sobre el Pacífico, especialmente Guayaquil, desde donde salen miles de contenedores hacia mercados internacionales.
Las organizaciones criminales identificaron rápidamente esa ventaja.
Controlar los puertos ecuatorianos significaba acceder a una de las rutas comerciales más eficientes del continente.
La disputa por ese negocio transformó radicalmente el escenario nacional.
Bandas locales comenzaron a establecer alianzas con organizaciones colombianas, mexicanas y europeas.
La violencia aumentó de manera acelerada.
Las cárceles dejaron de funcionar únicamente como centros penitenciarios para convertirse en espacios de dirección criminal.
Los motines, asesinatos masivos y enfrentamientos entre organizaciones rivales reflejaron una realidad más profunda: el sistema penitenciario había pasado a formar parte de la estructura logística del narcotráfico.
El asesinato de autoridades, fiscales, policías, periodistas y candidatos políticos evidenció hasta qué punto las organizaciones estaban dispuestas a desafiar al Estado.
Hoy Ecuador constituye uno de los casos más ilustrativos sobre la velocidad con la que el crimen organizado puede transformar un país cuando logra capturar corredores estratégicos del comercio internacional.
PerúEl otro gigante silencioso
Mientras Colombia suele concentrar la atención internacional, Perú mantiene desde hace años una condición igualmente decisiva dentro del mercado mundial de cocaína.
El país alberga extensas zonas de cultivo de hoja de coca distribuidas principalmente en los valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (VRAEM), donde confluyen producción agrícola, laboratorios clandestinos, organizaciones narcotraficantes y remanentes armados.
A diferencia del pasado, el narcotráfico peruano opera mediante estructuras mucho más descentralizadas.
Pequeñas organizaciones producen, procesan y comercializan cocaína utilizando corredores terrestres, fluviales y aéreos que conectan con Bolivia, Brasil y la costa del Pacífico.
La minería ilegal constituye otro componente fundamental.
En regiones amazónicas como Madre de Dios, organizaciones criminales obtienen enormes beneficios mediante la extracción ilícita de oro, actividad que genera graves daños ambientales y sirve además para lavar recursos provenientes del narcotráfico.
La destrucción de bosques, la contaminación con mercurio y la explotación laboral forman parte de una misma economía criminal.
Para numerosas organizaciones resulta incluso más rentable explotar oro ilegal que transportar cocaína.
El fenómeno demuestra nuevamente que el crimen organizado dejó de depender exclusivamente del tráfico de drogas.
BoliviaEl eslabón clave del narcotráfico
Bolivia ocupa una posición singular dentro del sistema criminal andino.
Es uno de los principales productores de hoja de coca de la región y, al mismo tiempo, un territorio estratégico para la producción, el almacenamiento y el tránsito de cocaína destinada tanto a Brasil como al Cono Sur.
Su ubicación geográfica permite conectar los centros productores con algunos de los mercados logísticos más importantes de Sudamérica.
Desde territorio boliviano parten corredores hacia Paraguay, Argentina, Chile y especialmente Brasil, país que constituye uno de los mayores mercados consumidores del mundo y una de las principales puertas de salida hacia Europa y África.
Las organizaciones criminales aprovechan la extensa red de fronteras, pistas clandestinas y rutas amazónicas para movilizar cargamentos con relativa rapidez. En los últimos años, las investigaciones también han puesto el foco en el uso de empresas de fachada, operaciones financieras y actividades comerciales destinadas al lavado de activos, una tendencia que refleja la creciente sofisticación de estas redes.
El desafío boliviano no puede entenderse únicamente desde la política de erradicación de cultivos. La presión del crimen organizado también se manifiesta en la corrupción, el tráfico de precursores químicos, el contrabando y la infiltración de estructuras económicas legales.
Más que un simple país productor, Bolivia constituye un punto de articulación entre la región andina y el Cono Sur.
Su importancia radica precisamente en esa capacidad de conectar mercados, organizaciones y corredores internacionales.
Una sola cordillera, un mismo sistema criminalVista desde el aire, la cordillera de los Andes parece dividir al continente.
En la práctica ocurre exactamente lo contrario.
La montaña conecta.
Los corredores utilizados por las organizaciones criminales atraviesan selvas, ríos, pasos fronterizos, puertos y ciudades sin detenerse ante los límites nacionales.
La coca cultivada en Perú puede procesarse en laboratorios cercanos a la frontera colombiana; salir por puertos ecuatorianos; atravesar Bolivia rumbo a Brasil o Argentina; embarcarse hacia Europa desde Paraguay, Uruguay o Chile; y regresar convertida en millones de dólares que luego se lavan mediante inversiones distribuidas por todo el continente.
La cadena funciona como una sola empresa multinacional.
Los países cambian.
Las rutas se modifican.
Las organizaciones se fragmentan y se reorganizan.
Pero el negocio continúa.
En la siguiente entrega desarrollaremos el Capítulo IV: "El Cono Sur: la nueva frontera del crimen organizado", integrando Brasil, Paraguay, Argentina, Uruguay y Chile en un único relato sobre las nuevas rutas atlánticas, los grandes puertos, el PCC, el lavado de dinero y la expansión de organizaciones criminales transnacionales.
Autor
Nelson Martínez Espinoza
Equipo editorial y de investigación de Código Abierto Bolivia. Comprometidos con la verdad y la transparencia.
